Hasta dentro de cuatro años

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En 2006 tenía un blog, uno de los varios que inventé y deshice a los pocos meses, en donde lamentaba la derrota argentina por penales ante la selección alemana. Debería esperar otros cuatro años para ver a otro equipo argentino en la Copa del Mundo. Este sábado se terminó la nueva ilusión que me generó este equipo comandado por Diego Maradona.

Lo siguiente es sólo un breve relato de lo que vi en esa Av. 9 de Julio con miles de hinchas argentinos esperanzados con una victoria del equipo nacional que nunca llegó. No sé si este blog existirá para el próximo mundial, pero dejo este post como ayudamemoria de lo que fue una dura derrota en los mundiales.
La previa

No sería un partido fácil. Tras la victoria ante México, en donde estuve nervioso por más que la diferencia era de tres goles (luego descontó el equipo azteca), sabía que existían cosas que si no se mejoraban, sería el final de la ilusión. Durante toda las semanas se pudieron ver algunos tweets de dirigentes como Mauricio Macri para que reactivaran la pantalla gigante que tiene la empresa Coca – Cola en la Av. 9 de Julio. La misma había sido apagada por decisión de un juez para estudiar el impacto ambiental que poseía la misma. Estaba claro que la luminosidad era algo exagerada, sobre todo de noche, por lo que la decisión no me parecía mala.

La pantalla fue habilitada, pero sólo para la hora del partido, con transmisión de la TV Pública (a.k.a Canal 7) y sin publicidades. Claro que la gente de Coca – Cola (la dueña de la pantalla) hizo caso al pedido del juez, pero llenó la zona de banners de la marca. Viveza criolla.

Esa noche no dormí bien. Me acosté a las 3 de la mañana y me levanté a las 8. Estaba nervioso, ansioso. Encendí la tele para dejar la previa del partido, esas eternas transmisiones que realizaron los canales durante todo el Mundial, y comencé con mi rutina diaria. Cuando faltaban 40 minutos para el partido (comenzaba a las 11 hs.), verifiqué que el pronosticador de turno se equivocara una vez más. Tenía que llover. Me coloqué la camiseta que compré para el Mundial 2002 sobre una remera blanca, una campera liviana encima y la bufanda con los colores de la Argentina. No hacía mucho frío en la calle, y la gente iba y venía con las últimas compras para la previa del partido. Otros, como yo, se dirigían por la calle Corrientes rumbo la 9 de Julio.

Pasé por una panadería y compré media docena de facturas. Una bestialidad, pero imaginaba que tendría que quedar algo para la tarde. Caminé las cuadras restantes y llegué.

Se vivía un clima de fiesta. Miles de personas en la Plaza de la República esperando por el comienzo del partido, ante una pantalla gigante. Al tener buena visibilidad desde varios puntos, otras personas decidieron por ubicarse sobre la vereda y cerca de la hora del partido, la gente ocupó y se sentó en la calle. 9 de Julio, tribuna popular.

El partido

A muchos se nos puso la piel de gallina al escuchar el himno con toda esa gente embanderada con los colores celestes y blancos. Fue muy emocionante. Algunos brasileños, siempre con su camiseta verdeamarelha y una turista alemana, se asomaban desde los balcones del Hotel República, ubicado frente a la gigante transmisión en formato LED.

Me ubiqué en una zona con pocas personas, pero la altura de la pantalla ayudaba a que se pudiera ver desde cualquier lugar. Comí la primer factura de la mañana con el estómago vacío, con un nudo. A los pocos minutos llegaron cuatro personas, tres argentinos y un….alemán. Claro, no descubrí su nacionalidad hasta el terrible primer gol a los tres minutos de partido. Todos nos agarrábamos la cabeza y el muchachito festejaba. Lo odié. Cada jugada alemana, era una celebración. Opté por alejarme. No soportaba semejante hecho.

Terminó el primer tiempo e imaginé que tendríamos un pie fuera del mundial. Era sólo un gol, pero parecía lejano. La gente se tomaba fotografías con la pantalla gigante de fondo. Yo opté por comer otra factura.

El segundo tiempo comenzó y los minutos pasaron rápido. El segundo gol alemán, fue un baldazo de agua fría para todos los que estábamos allí. Sabíamos que no había marcha atrás. Alemania había ganado el partido y faltaban más de 20 minutos. Algunos lloraban, otros se agarraban las cabezas. Los vendedores ambulantes comenzaron a guardar las banderas, gorritos y “vuvuzelas/trompetas”. El tercer gol alemán no fue otro baldazo. Fue una puñalada. Se comenzaron a ver los movimientos. La gente se iba en silencio. Comencé a moverme, amagando con dejar la zona. Al final opté por quedarme, hasta el final, sin saber que vendría el cuarto y último gol. La gente no decía nada, pero seguro esperaba el silbato final del árbitro. Ya está. Paremos este sufrimiento.

El final

Terminó el partido. Perdimos. Tendremos que esperar cuatro años. La imagen era desalentadora. La gente, cabizbaja, deambulaba de un lado para el otro. Mientras caminaba por la 9 de julio, apareció la conmovedora imagen de Maradona abrazando a su hija. Y los que vimos esa escena, pensamos en que quizás todos éramos Dalma. La pantalla tenía la orden de apagarse. Pero no lo hizo de golpe, sino por sectores. Diego y Dalma desaparecieron, frente a todos, de a pedacitos. Un recuadro de arriba, algo por el medio, una columna desde abajo. Diego seguía abrazando a su hija. Y la pantalla se apagó. Como todo. Como todos. No lloré, como sí lo hice cuando nos eliminaron en EE.UU 94 o Francia 98, pero mi fanatismo futbolero, ese que se enciende cada cuatro años, se desvaneció, de a pedacitos, como la pantalla. El mundial terminó. Hasta dentro de cuatro años.

PD: Las facturas no llegaron a la tarde.