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Jobs: cuando no alcanza con ser parecido

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Mucho se habló sobre la película dedicada a Steve Jobs que hizo el actor y tuitero Ashton Kutcher. Si bien nadie recuerda  alguna película buena (vamos, piensen. No hay. No me digan El Efecto Mariposa, por favor), le depositamos algunas esperanzas a este emprendimiento que debemos destacar una cosa: no es la película basada en la biografía de Jobs que hizo Walter Isaacson y que vendió millones de ejemplares en todo el mundo. Esa va a salir después y tiene a un gran guionista como Aaron Sorkin (The Social Network).

Y ese pequeño detalle, pero no menos importante, se nota mucho en la película de Ashton. Porque más allá de las caracterizaciones (que en general están bien, aunque debo subrayar que el caminar de Jobs que eligió Kutcher no es el del Jobs joven, sino el del Jobs enfermo y moribundo), la película decide centrarse en la historia de Jobs entre los orígenes de Apple y los locos años 70, y la presentación del iPod, que si bien revolucionó a la industria, no fue tanto como la llegada del iPhone que cambió todo para siempre. Y esto nos lleva a un punto en particular. Porque la película no decide contar las grandes proezas de Jobs desde su regreso a Apple o la etapa más íntima, esa que no pudimos ver porque estaba detrás de sus muros de su casa en California. O del propio Jobs con su padre adoptivo, de quien sacó gran parte de su caracter, y de su odio durante toda su vida con sus padres reales. O de su hermana biológica, que conoció luego y que lo acompañó hasta su último aliento de vida