La historia de búnkers secretos de la guerra de Malvinas

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En Rio Grande se encuentran los búnkeres secretos desde donde se planificaban los ataques aéreos a las fuerzas británicas en Malvinas.

Por Federico Aikawa

La llegada del otoño baña de soledad las pistas de aterrizaje de Río Grande, lejos ya de 1982, año del conflicto bélico por las Islas Malvinas. Pocos prestan atención hoy a los rastros de aquel tiempo de guerra, pero el pasto crecido en las viejas pistas de rodaje y los hangares vacíos guardan leyendas que salen de su letargo una vez al año, con cada aniversario.

En un reciente viaje a Río Grande, un hallazgo inédito despertó la curiosidad: la existencia de búnkeres secretos y subterráneos que albergaron el comando y control de todas las operaciones aéreas navales hacia Malvinas en 1982, incluyendo los audaces ataques al portaaviones Invencible y al resto de la flota británica en el Estrecho de San Carlos.

A 200 metros de la pista de aterrizaje, estos búnkeres en forma de H confirmaban la importancia estratégica que tuvo Río Grande durante el conflicto. Su presencia, que permaneció oculta hasta hoy, se debía a la intensa actividad aérea, ya que era una de las bases más cercanas al archipiélago y el lugar desde donde despegaban los aviones Súper Etendard con los letales misiles Exocet.

Los búnkeres eran un lugar de máximo resguardo, con personal trabajando las 24 horas, rodeados de un campo minado y cuevas con piezas de artillería antiaérea. Era el secreto mejor guardado de una operación que marcaría uno de los hitos de la guerra: el ataque al Invencible.

Desde Río Grande y la cercana base de San Julián, la aviación naval argentina lanzó su misión más temeraria: enviar cuatro aviones Skyhawk para seguir la estela del misil Exocet y atacar cara a cara al portaaviones, en una tarea casi suicida. El piloto Gerardo Isaac, entonces alférez, recuerda con emoción cómo vio «explotar» uno de los aviones mientras seguían la estela del misil.

Las pistas desnudas de San Julián y Río Grande también guardan historias de profundo sentimentalismo, como la del suboficial Héctor Toranzo, mecánico del piloto Fausto Gavazzi, quien presentía que no regresaría con vida de su misión y se despidió con un «hoy no vuelvo».

Los viejos hangares vacíos de estas bases aéreas permanecen en silencio, a la espera del regreso de aquellos pilotos que partieron hacia una de las operaciones más audaces de la guerra de Malvinas, cuya planificación y comando emanaron desde los ahora desclasificados búnkeres secretos.

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